jueves, 21 de octubre de 2010

Güelcom to Mallorca

Me estáis liando con unas cosas y otras y al final no logro hacer lo que quiero, que es un post para Curri-chan, que anda triste por las esquinas de la Pérfida Albión, lo que llaman Inglaterra, porque no le da el sol, y porque seguro que se ha tenido que largar de aquí como tanta gente joven, al loro que yo también lo soy, sólo que aún no me he largado, pero me quedan dos telediarios como esto siga así, a un sitio extranjero porque en este ajco de país cada vez hay menos curro por obra y arte de los inútiles de nuestros políticos.

Y me jode porque nos estamos perdiendo a una peña majísima y porque no sabéis lo que es dejar su isla para un mallorquín.

Así que le voy a contar con todo el cariño cómo llegué a Mallorca.

Madrid, 1997. Diciembre. Frío de pelotas.

Por fin me van a contratar. Después de 18 meses dejándome las pestañas ha llegado mi momento.

Me monto en mi R9, el Herpes lo llamaba cariñosamente yo.

Se lo compré por cien mil pelas a un compañero que se lo iba a dar a los de plan renove. Resulta que durante una infausta mudanza le cayó encima un piano y desde entonces cada vez que llovía se le descascarillaba el barniz de la pintura y le salían ampollas por todas partes.

Iba yo preparada para mi futura vida: cojín debajo del culo porque el asiento estaba tan hundido que si no no llegaba al volante.

Una maleta con ropa, unos cactus que me regaló mi mejor amigo y una planta de buen rollo que me enchufó con sus mejores deseos mi hermana, que es más flipada que yo.

Calefacción…cero. No funcionaba.

A Valencia que me voy.

Fuenlabrada, o sea, que ni había salido de Madrid. Empieza a nevar.

No pasa nada. ¿Qué si llevo cadenas en el coche? ¿Ein?

Sigue nevando, y nevando, y llevamos ya un palmo de nieve en el suelo.

Y un frío dentro del coche que te cangas. Me enrollo el pantalón del pijama en el cuello y en el cuerpo todo lo que encuentro.

Me hice todo el viaje a dos por hora siguiendo los surcos que dejaba en la nieve el camión que iba delante mientras por el rabillo del ojo veía cómo se iban saliendo de la carretera BMWs, Audis…Está claro que ya no se fabrican coches como los de antes.

Cada cierto tiempo tenía que bajar del coche y liarme a patadas con el hielo que se había formado en los faros porque no veía ni un pimiento.

Hasta meaba en la cuneta porque pensaba, como pare no llego.

Se hizo de noche…a las cinco, y yo había salido a la una de mi casa.

Recuerdo que sólo veía nieve viniendo hacia mí como en las pelis de Stephen King.

Ni carretera ni hostias.

El no lo sabe pero aquel camionero, amigo, camarada, compañero, me hizo el favor del siglo.

Estaba medio muerta, agotada, pero seguí conduciendo porque pensé: si te paras bonita aquí te quedas, y sin calefacción ni un mal bocadillo vas a pasar una noche de órdago.

Luego me enteré de que justo detrás de mí cortaron la carretera de Valencia y se quedó allí durmiendo ni sé cuánta gente.

Fue un temporal de los que hacen época. Seguro que en Google hasta lo encontráis.

De Madrid a Valencia se tarda tres horas. Yo batí récords: llegué en once.

El ferry salía a las doce. Me perdí, como era justo y necesario por todas las circunvalaciones de Valencia pero lo logré…a las doce menos cinco.

Me bajé del coche como las muñecas de famosa con las manos congeladas y agarrotadas como si aún estuviera sujetando el volante.

La recepcionista del barco muy amablemente hizo como que todo le parecía muy normal. Qué encanto de mujer, qué savoir faire.

Me desplomé en mi camarote. Perdí el conocimiento, y amanecí a las nueve del día siguiente pensando…en dos minutitos llego.

Los cojones para mí.

Según me levanto y llego a la puerta del camarote salgo volando hacia atrás, y peso sesenta kilitos, y me incrusto sastamente en la otra punta.

Pienso hay qué ver cómo es el ferry. Voy a dar una vuelta.

Vaya tela lo que me encontré. Aquello parecía Sarajevo.

Los muebles rodaban solos de un lado a otro, había gente agarrada a las columnas con los ojos en la nuca, volaba todo y el barco se movía como ese bonito cajón de feria que va de derecha a izquierda y te centrifuga el cerebro.

Llego al bar y veo a un camarero más recio que Rambo, atrapando botellas que pasaban ¡volando!, y atándolas con pañitos de cocina a trozos del bar.

Me asomo a una ventana y veo venir una ola mucho más alta que el barco. Prefiero no mirar.

Voy hacia el camarero y le digo:

- Esto, ejem, tú que estás más puesto que yo, en la escala habitual de tormentas…¿ésta de qué tamaño es?

- Esta es de las gordas. Creo que la más gorda que he visto yo, sí.

- Ya…y el barco…dime que aguanta esto…

- Pos hombre, ya veremos.

No me cae bien la gente tan sincera, no en estas situaciones. Miénteme coño.

Es como cuando vas al dentista y siempre hay un colega que te dice:

- Uy, eso me lo hicieron a mí. Duele la hostia.

Pues cuéntamelo después, incluso no me lo cuentes, que si duele ya tendré tiempo de enterarme, pero después, no antes.

En aquellos tiempos lo del móvil no era como ahora, de modo que me pulí cinco mil pelas, que eran una pasta gansa en despedirme con disimulo de mi familia y de mi novio.

Y para decirle a mi primo que vive aquí y que me estaba esperando, que llegaría con suerte como seis horas tarde. Yo estaba histérica porque él entonces era piloto y le tocaba volar ese día y tenía que darme las llaves de su piso…y no llegábamos nunca.

Después de cumplir con la humanidad me dije a mí misma mismamente: esto es un estrés, y si se va a hundir el barco mejor que me pille sobando. Así que me fui a dormir.

Esta es otra de mis raras habilidades, cuando estoy estresada duermo. No pierdo la esperanza de que la cosa haya cambiado para cuando me despierte.

Ahora no duermo porque me han descojonado el sueño del todo. Ojo que no es lo mismo tener una rara aptitud para la supervivencia que que te den por el culo ocho meses enteros.

Llegamos a Palma finalmente según lo previsto, o sea, con seis horas de retraso.

No me lo podía ni creer, pensé ¡joder qué suerte tengo!

Ya sé que casi todo el mundo hubiera pensado exactamente lo contrario, peo os aseguro que después de lo que llevaba entre pecho y espalda a mí me pareció fantástico.

Voy a sacar el coche de la bodega…Se habían volcado tres camiones de los grandes. Collons.

Pasa un rato, dos, tres. De allí no sale ni dios. Voy a buscar a un marinero.

- Holas, ¿pasa algo? ¿No salimos?

- Bueno, esto, verás, es que los compañeros estamos reivindicando unas cositas de curro porque esta empresa nos trata fatal. Espero que nos comprendas y tal, y lo siento mucho jamía, pero estamos en huelga.

- No si yo lo comprendo todo, sólo espero yo también que desde el cariño igual, entiendas compañero, que sin acritud ni mala baba me cague en vuestra puta madre, que llevo ya 24 horas dándole y aún no he llegado a Palma.

- No pasa nada mujer, no me lo tomo a mal. Lo entiendo.

- Vale, yo también. ¿Cuándo podré sacar el coche?

- Pues en unas cuatro horas o así.

- Bien, prométeme que no se os va a ir la olla y os vais a pirar con mi coche dentro.

- Que no mujer.

- Hecho, pues luego vuelvo.

Salgo del barco, hago la croqueta ésa que hace el Papa cuando llega a un sitio nuevo, o sea, beso el suelo mientras pienso que estoy viva y en Mallorca.

Y en el suelo casi me quedo por culpa de un golpe de humedad. No sé si está documentado, pero desde luego a mí me dio.

Además me quedé con el modo barco ON y el suelo se movía de un lado para otro que era un primor.

Apareció mi primo. Otro personaje, si es que viene de familia, y éste lo es por parte de mi madre, así que os podéis imaginar.

Para compensar mis desventuras me llevó a la Casa Asturiana o no sé dónde coños a comer el cocido más grande que he visto en mi vida. Como de treinta centímetros de alto lo juro.

En este punto ya iba yo de una dimensión a otra, no sabía ni cómo me llamaba.

Hasta llegué a pensar si no habría terminado yo por causa de los vientos en el mismísimo Almendralejo. Ese pueblo en el que fabrican caramelos de un metro cuadrado.

En fin amiguitos, así llegué a esta maravillosa isla.

Recuerdo que pensé:

Jo. Como sea así todo el rato me voy a romper la espalda…

Pero han pasado trece años y aquí estoy y aquí espero quedarme porque esta isla es divina, y su gente de lo mejorcito que hay.

Un poco durillos al principio, que no se fían ni de sus padres, pero cuando por fin te conocen te dan todo lo que tienen y más.

Besos con olor a ensaimada para Curri.

Y para todos los demás lo mismo, que aquí hay ensaimadas para dar y tomar.

10 comentarios:

  1. Joe...como buena mallorquina que soy...has conseguido emocionarme....me alegro de que estés aquí tan bien, aunque tu curro te tenga como te tiene!!! ;)

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  2. Qué mono. Me he emocionao y todo. Tengo los ojillos humedecidos.
    Si te digo la verdad, mi madre es de Salamanca y mi padre de Madrid, y ambos llevan toda la vida diciendo que están hartos de Mallorca, pero no se mueven. Y llevan 33 años en ella (mi madre hasta destroza el castellano "salamantino" con mallorquinadas que te dejan helada). Ahora me han confesado que para qué se va a volver a Salamanca (mi madre) con el frío que hace allí en invierno... y para qué se va a volver a Madrid (mi padre) si aquí voy a todos lados andando (vive en el centro de Palma). Así que, supongo que Mallorca tiene algo que engancha.

    Mil besos, Cristina, y tranquila, que lo mismo con un poco de suerte, te puedes quedar en Palma y con las condiciones del curro mejoradas. Seguid luchando.

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  3. para contar peripecias eres la mejor...ahi va laostia!! pues lo tuyo es mala suerte porque nevando así de fuenla a valencia no a debido ocurrir más...a ver si te escucho esta noche que ayer no pude conectarme a luz de gas...salud!!!

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  4. mierda!!! he puesto "a debido" y soy de la egb, que si fuera de la eso tendría perdón...

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  5. Es que yo tengo mucho de eso que llaman suerte. ¿Que sólo hay una nevada de éstas cada cincuenta años?
    Tranquilos, ya me la como yo.

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  6. Sugrañes:
    Idos ya son demasidas pal cuerpo.
    A ver si vuelves ya ¿no?

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  7. A tus brazos que voy dentro de ná, espero que mi vuelta sea menos accidentada que tu llegada.

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  8. A mis pechos Sugrañes, a mis pechos, jajajajaja

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  9. Que gran isla! Yo que he estado estudiando en Barcelona, y ahora en Sevilla, cada vez que entro con el avión por el norte, que tienes una excelente vista de toda la sierra, todos los campos, esa luz, esos colores... amazing! Así que ya sabes Cristina, a entrar siempre por el Norte!! Ueee

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